La Historia de Ana

“Padre de huérfanos y defensor de viudas, es Dios en su santa morada.” (Salmos 68:5)

Nunca antes había visto esta asombrosa verdad tan poderosamente representada como lo hice cuando conocí a Ana.  Algo acerca de ella me impresionó.  Tal vez fue su historia, tal vez fue la luz que mostraba en sus ojos, a pesar de todo por lo que había pasado.  Pero ahí, en el pueblo rural de Siguatepeque, Honduras, yo vi a Dios como el Padre de huérfanos y protector de viudas.

Hija de un padre alcohólico y una madre ausente, Ana creció abandonada junto con sus nueve hermanos y hermanas.  Ella nunca sintió el amor y el calor de unos padres que realmente se preocuparan por ella.  Ana se convirtió en madre siendo una joven adolescente.  Poco después llegaron tres niños más, y ella se casó en algún momento intermedio.  La conocí a la edad de 26 años, justo después de que su esposo había sido asesinado.

Se estima que el 80% de toda la población rural de Honduras vive en la pobreza.  Ellos tenían poco o ningún acceso a los bienes básicos tales como comida, vivienda, agua potable, sistemas sanitarios, o aún caminos y mercados.  Las mujeres rurales y la gente joven están entre los más pobres y más vulnerables del país.

Cuando escuché sus historia, tuve tanto respeto por ella.  Todo lo que ella había conocido durante su vida era el abandono, y aún estando en una situación imposible con cuatro bocas que alimentar; ella no siguió los pasos de su madre.

Aunque hay un estimado de más de 170,000 huérfanos en Honduras, Ana se negó a permitir que sus hijos se convirtieran solo en un número más.  Ella trabajó en el basurero local, clasificando la basura y recuperando cualquier cosa que pudiera vender para poner comida en la mesa.

El basurero es donde un pastor de una pequeña iglesia hondureña, con una profunda pasión por los pobres, la conoció y le tendió la mano.  Él comenzó a mostrarle un amor que ella nunca había conocido – el amor de Cristo.

Él proveyó comida para ella, un trabajo y un hogar temporal – todo sin pedirle nada a cambio.

Para Ana, era nada menos que un milagro.

Después de experimentar el amor y el cuidado de su Padre celestial, y dándose cuenta de que era Él quien había estado protegiéndola todo el tiempo, ella le entregó su vida a Dios.

Yo tuve el privilegio de estar en su casa el día que su hermana conoció a Jesús. Fue una gran bendición presenciar como Dios alteró por completo el futuro de esta familia por futuras generaciones.

“La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta:  Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.”  (Santiago 1:27)

Ver el video de la Historia de Ana. (en inglés)